PERSONAL

Las ventanas de un ático



AGOSTO 2017


Desde mi asiento en la biblioteca puedo ver las ventanas de un ático, cubiertas por cortinas de un color desgastado verde aguamarina. Hojas de hiedra, verdes y moradas recubren parte de la pared lateral del patio. Hay una pequeña apertura rectangular en la lona metálica que recubre la fachada de la biblioteca, permitiendo que el ático quede enmarcado por ésta. Mis ojos se han posado con curiosidad en esa escena decadente, cómo si a fuerza de mirar pudiera desvelar algún tipo de información.
Son pequeñeces que nadie más ve y que a nadie más importan; sin embargo creo que estas nimiedades hacen que me sienta un poco más viva.
Cuando sucede algo así siento que algo en mi se despierta, algo en mí se renueva. Hay una especie de fe en el mundo o de esperanza que de repente recupero. Me reconcilio con lo material y me doy cuenta de que siguen existiendo lugares estimulantes, que mis ojos no lo han visto todo aún.
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Una vez, mientras esperábamos el autobús, una ventana me llamó. Era de noche y las luces de aquél interior estaban encendidas. El edificio era antiguo y el piso tenía altos techos. Quise imaginar que en él vivía una mujer madura que llevaba jerseys negros de cuello alto y bebía vinos caros. Creo que hacía poco había terminado un libro de Simone de Beauvoir y aún me encontraba flotando en esa atmósfera francesa tan nostálgica, tan lujosa, tan asfixiante.
Fruto de mi incontinencia verbal compartí en voz alta parte de la información que tenía en aquel momento en mi cabeza.
No recuerdo cuál fue su respuesta pero seguro que le pareció una tontería, cómo le sucede a todo el mundo.
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Pero qué sería yo sin estas cosas, sin estas fragilidades, sin esos detalles que sólo para mí importan y sólo para mí tienen sentido.
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Me voy de la biblioteca sin ni siquiera haberme parado a imaginar quién puede vivir en ese ático.

Mark